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Los Naufragos y el Pescador comprensivo
Marcelo
Enviado: 22/04/2001
21:15
Un padre, cuyo hijo había muerto
recientemente, preguntó al Maestro:
-¿Conoce usted por experiencia propia el dolor de haber perdido un
hijo?
-!No!-respondió el Maestro.
-Entonces -agregó con resentimiento el padre-, me retiro. Usted no
puede comprenderme.
Rápidamente respondió el Maestro, como para detenerlo un momento:
-Amigo, antes de alejarte, si lo aceptas, déjame contarle una
historia.
"Sobre las aguas del mar tranquilo, en tres pequeñas
embarcaciones, cuatro pacientes pescadores aguardaban el fruto de su
espera. De repente, un viento tormentoso sacudió las aguas. Las
olas se encrespaban furibundas, y las tres embarcaciones se vieron
sacudidas y amenazadas. Los pescadores, atemorizados, levaron anclas
y recogieron con urgencia los instrumentos de pesca, para intentar
regresar a la playa.
Pero la canoa de Juan y Pedro sucumbió ante los primeros
embates del temporal y una ola gigantesca la sepultó bajo las
aguas.
Pedro y Juan, abrazados a unas tablas, flotaban a la deriva,
mientras gritaban pidiendo auxilio.
Felipe y Andrés remaban desesperadamente hacia la orilla, cuando
oyeron las voces de los náufragos. Felipe, unos meses antes había
sufrido en carne propia el hundimiento de su embarcación, con el
riesgo de perder su vida, aceleró la marcha para tomar distancia
del peligro. Andrés, conmovido ante el peligro que corría Pedro y
Juan, hizo girar su canoa sobre sí misma y remó enfilándola hacia
el encuentro de los náufragos.
Cuando se acercó a Pedro para auxiliarlo, invitándolo a embarcar,
oyó sorpresivamente que le preguntaba:
-¿Tú sufriste alguna vez la desgracia y los riesgos de un
naufragio?
A lo que respondió Andrés:
-!No, hombre. Afortunadamente, no! pero debe ser terrible. Por eso
aquí estoy para socorrerte.
-Imposible -retrucó Pedro-. Tú no puedes comprender mi situación
si nunca la viviste. Tú no puedes ayudarme. Y siguió flotando,
abrazado a su madero.
Andrés no perdió
tiempo, y se acercó a Juan. Este, desesperado ante el peligro, y
ayudado por Andrés, subió a la embarcación. Y entre ambos remaron
a todo pulmón hacia la orilla, donde celebraron estrechándose en
un abrazo.
Luego echaron una mirada sobre las aguas, y vieron con dolor el
cuerpo de Pedro que flotaba a la deriva".
Concluido
el relato, le palmeó el hombro
diciendo:
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No está más capacitado para comprenderte y ayudarte en tu
desgracia,
quien sufrió tu misma suerte, sino quien te ama, te escucha y está
dispuesto a jugarse por ti.
Por René J. Trossero
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