|

|
Durante
décadas, Omar Cangelosi fue empleado de prestigiosas empresas bahienses.
Cuando,
más allá de los 50 años, perdió su último trabajo,
lo
intentó todo, pero quedó "afuera del sistema".
Desde
noviembre, su empleo consiste en tocar timbre por timbre para ofrecer,
por
un peso, un cuadernillo con las poesías que él mismo escribe.
Desde un enfoque poético, esta historia puede guardar cierto
parecido con la que Horacio Ferrer cuenta en La bicicleta blanca
o la que sustente alguna otra epopeya de la simpleza de ese tipo.
En un plano más realista, quizás
constituya una devastadora comprobación de la decadencia socioeconómica
de un país en general y de una ciudad en particular.
En el medio de ambas perspectivas, acaso
también hable sobre cómo algunas de las víctimas inocentes de ese
retroceso se resisten a precipitarse en el abismo no sin antes agotar sus
reservas de ingenio, y en especial, de dignidad.
El protagonista tiene 60 años, se llama Omar Cangelosi y es bahiense.
Para más datos, del Barrio Bella Vista. |
| Enrolado convencido y convincente en
las filas de aquellos que sostienen que ser "des-empleado" no
tiene porque equivaler a ser "des-ocupado", desde noviembre del
año pasado y por consejo de un amigo, el hombre convirtió su afición
por la elaboración de rimas en un singular rebusque que le
permite llevar un plato de comida a su hogar.
Algunos se dedican a limpiar compulsivamente los parabrisas de los
vehículos... Otros, cuidan automóviles en las proximidades de sitios de
entretenimientos o restaurantes. Omar, en cambio, ofrece casa por casa las
poesías que él mismo escribe y edita en folletines.
Timbre a timbre, a razón de cuatro horas por día, de acuerdo con un plan
de recorrido bastante bien estudiado y casi inalterable; ésta, no sólo
es su ocupación, sino su única fuente de ingresos.
¿Cómo trata la gente a quién llama a su puerta con tan singular e
inesperada oferta? ¿Cuánto puede ganar alguien de esta manera?
Son sólo dos de las muchas preguntas que surgen a medida que se
conoce la existencia de este "poeta a domicilio", al que ya se
menciona con simpatía en los distintos sectores de la ciudad que va
recorriendo.
Para despejar los interrogantes de este presente, nada mejor que conocer
la historia que lo origina.
Porque, que no queden dudas, la de Omar Cangelosi, es toda una historia.
Parecida a muchas en sus causas y orígenes. Pero diferente a la mayoría
en su actualidad y, fundamentalmente, en la actitud con que se asume.
"Si el caso de un loco que en tiempos en que cuesta vender un alfajor
se decide a tocar todos los timbres que se ponen en su camino para ofrecer
sus poemas, llega a servir para que alguno de los que están en sus casas,
entregados, se decidan a intentar algo por su propia iniciativa, no tengo
problemas en compartirla. Al contrario", dice, con la mayor humildad
y, a la vez, alejado de cualquier vergüenza.
"Sé que cuando vean las fotografías muchos me van a reconocer y van
a decir "mirá cómo terminó este muchacho", pero no me importa.
Lo que me pasó, no es culpa mía. Jamás he sido ni vago , ni
deshonesto ni me gasté la plata en vicios ni me he desempeñado mal en
los trabajos que tuve. Simplemente, la marcha de la economía me dejó
afuera del circuito. Cuando en 1996 perdí mi último empleo ya tenía más
de 50 años y, hoy en día, ¿quién te da laburo a esa altura
del partido?", se pregunta resignado.
Desde entonces, dice que intentó toda serie de changas por
cuenta propia, desde vender los más variados productos hasta improvisarse
como peón de carga, descarga y albañilería, pero, en este último caso,
el físico incluyendo un creciente problema de visión-- le dijo basta.
Algunas le rindieron más que otras, pero todas, invariablemente,
terminaron arrasadas en este aluvión de las impotencias del que no logra
escapar casi nadie en esta Argentina.
Entonces, justo en el límite en el que, en otros casos, hubiera comenzado
a sonar bien fuerte la jauría de los resentimientos, a él, le quedó un
recurso más: el de esos "intentos de poesía" que, desde
siempre, venía ensayando casi en intimidad, compartiendo sólo con
algunos allegados. |
 |
"Si de algo me puedo jactar es de ser
millonario en amigos. Tengo amigos de verdad, que me quieren por lo que
soy. Claro, nadie puede serlo por lo que tengo. El "polaco"
Goyeneche decía que si alguien quería tener amigos, lo mejor que podía
hacer era construirse una pileta de natación y los amigos, entre comillas,
le iban a crecer solos. Yo por suerte, ese problema no lo tengo",
bromea |
|
| Otros tiempos, otra ciudad
Entre esos que, según él mismo asegura, lo van a reconocer en esta nota,
muchos dirán: "este hombre me vendió mi primer cero kilómetro",
y tendrán razón.
Entre 1959 y 1981, Omar fue uno de los más reconocidos empleados de Sosa
y Compañía, la tradicional concesionaria de calle Brown, luego devenida
en Fiat Bahía.
En esa firma llegó a ocupar la gerencia administrativa que se encargaba
de los planes de ahorro.
Tan buena performance como vendedor demostraba en su trayectoria que,
desde otra empresa genuinamente bahiense se le efectuó un jugoso
ofrecimiento para que cambiara de ramo, con mejor sueldo y mayores
expectativas.
Otros tiempos, otra ciudad, otra economía. Los empleos no se mendigaban,
ni se imploraban, sino que se ofrecían y se cotizaban.
"Así, en 1981, me fui a Scagnetti. Primero estuve en la parte de
instrumentos musicales y discos y, ni bien comenzó la moda del video, pasé
al videoclub de calle Berutti, uno de los primeros y más completos que se
abrió en la ciudad", recuerda, con más nostalgias que broncas.
Tras 15 años de permanencia en esa firma, un achicamiento ajeno a su
labor, lo dejó afuera y desde ese momento a la fecha, no volvió a tener
un trabajo en relación de dependencia.
En este punto del recorrido quizás sea conveniente aclarar que Omar está
separado y es padre de dos hijos: Víctor Omar, de 14 años, y Vanesa
Anabella, de 10.
"Más allá de las diferencias que tuvimos, con mi ex mujer está
todo bien y eso tengo que reconocerlo y agradecerlo", aclara y
destaca con todas las letras.
|
|
| Doce pesos, todo un récord
El folletín que Omar ofrece a cambio de un peso, está fechado en "Bahía
Blanca, en el día de los intentos, del mes de los deseos por venir, del año
de la esperanza eterna".
Enseguida vienen los agradecimientos: a los hijos, a Daniel Martínez --el
amigo que le dio la idea-- y a quienes al comprarlo logran "hacer su
buena obra del día, ayudando a quien lo necesita y en lugar de pedir,
decide trabajar ofreciendo a las personas con espíritu poético, esta
pequeña y humilde obra".
Como se puede suponer, la calle es una fuente inagotable de anécdotas.
"La gente es maravillosa. Primero, cuando escucha mi speech , que ya
está preparado y es siempre el mismo, se sorprende un poco. Entre todos
los que tocan timbre por día, lo último que esperan es un aspirante a
poeta; pero la inmensa mayoría me trata bien. Puede comprar o no, pero me
sobran los dedos de la mano para contar a los que no me han recibido, al
menos, con corrección", resalta.
Tras andar no menos de tres o cuatro horas, en una jornada promedio,
"Cange" --como le dicen sus amigos-- vuelve a casa con 4 o 5
pesos.
"Creo que mi récord es de 12 pesos en un día. Aunque también tuve
unos cuantos de cero total. Eso sí, desde que hago esto, nunca dejé de
salir. No es algo que hago cuando puedo, sino que lo tomo como mi trabajo",
revela.
De su experiencia como vendedor, el poeta tiene claro que encarar el
comercio puerta a puerta sin un sistema de recorrido preestablecido es una
buena manera de dilapidar esfuerzos.
"El sector que vengo cubriendo es el que va de calle 14 de
Julio a Necochea, aunque también me hice algunas escapadas a zonas más céntricas.
Cuando tengo que hacer algún trámite, aprovecho y me toco unos timbres.
La calle 12 de Octubre, por ejemplo, la caminé casi toda", menciona.
Según sus cálculos, al ritmo que trae, decir que recorrió toda la
ciudad es una misión que le podría demandar no menos de 10 años, por lo
que, lo mismo que el empeño y la voluntad, el campo de acción, es una de
las pocas cosas que no le faltan.
"Como decía Cantinflas, uno viene al mundo totalmente desnudo, así
que con vivir con la puesto, ya hay ganancia", dice, a manera de
declaración de principios.
|
|
| ¿Con qué rima "aceituna"?
Enamorado de la gente, a pesar de todo, Omar asegura que algunas personas
se muestran compungidas al no poder comprar su "producto",
aunque tendrían verdaderas ganas.
"Es increíble cuántos son los que de verdad no tienen un peso, en
el más puro sentido de la frase", comenta.
Así, en su cotidiano andar, el poeta encuentra de todo.
Están los que, a falta de dinero, ofrecen algo a cambio, porque no tienen
efectivo y la respuesta que reciben es siempre la misma y tiene su
historia: "Este poeta acepta hasta aceitunas".
"Una vez, una señora me dijo que no tenía plata, pero que me podía
convidar unas ricas aceitunas que ella misma preparaba. Desde ese día,
digo eso", cuenta muy sonriente.
También menciona el caso de aquel que saca cuentas ante la oferta
y, luego resuelve.
"Hubo uno que me emocionó. Escuchó mi oferta y empezó a sumar. Me
dijo que tenía cuatro pesos y necesitaba uno para tal cosa, otro para tal
otra y uno más para algo más. Cuando calculó que le sobraba un peso,
decidió compartirlo conmigo. ¡El tipo tenía
cuatro monedas y me dio una! Es maravilloso", recuerda.
Si bien no lleva estadísticas, Canjelosi reconoce que hay muchas puertas
que no se abren "por seguridad".
"De todas maneras, las que más me compran son las mujeres. Cuando te
atiende un varón, generalmente, se trata de un colega desempleado que
tiene que estar en su casa, porque es su mujer la que debió salir a
buscar el mango ", cuenta.
Requerido de alguna experiencia desagradable que le haya tocado
afrontar en su singular metier , Omar se desabrocha el puño de
la camisa, se arremanga y muestra las huellas de una mordedura de perro en
su antebrazo.
"Un regio manto negro me hizo esto. Por suerte, estaba el dueño
cerca y lo pararon a tiempo. El hombre no sabía cómo pedirme disculpas,
porque el animal se le había escapado por un sitio por el que
supuestamente no podía pasar. ¿Si me compró? No. Le dije a que me
dedicaba, me escuchó con atención, pero no me compró. Prefiero eso a
que lo hubiera hecho por lástima", narra.
Lo que más llama la atención de "Cange", y de alguna manera lo
gratifica, es el caso de algunas puertas en la que le dijeron que lo
estaban esperando. ¿Un éxito de su márketing? Puede ser.
"Hace poco, una señora me recibió diciéndome que por fin había
llegado. Que muchas vecinas le habían comentado de mi existencia y cómo
podía ser que todavía no había tocado su timbre, así ella también podía
tener sus poesías", comenta.
Cosas de barrio bahiense, cosas de esta vida que se complicó
demasiado, pero que en sí misma, suele encontrar respuestas sorprendentes.
Como se decía al principio, quizás la historia de Omar Cangelosi pueda
guardar cierto parecido con un poema de Horacio Ferrer. Por eso sería
conveniente que en aquellas puertas a las que llame --más allá de que se
pueda colaborar con él, o no-- se lo tratara con mucho amor.
Es probable que este personaje no sea como el "flaco que tenía la
bicicleta blanca", pero ¿quién puede asegurar que no pueda tratarse
de uno de sus mejores amigos?
O por lo menos, que los dos pertenezcan al mismo "sindicato".
|
|
Cuando la calle no es musa
De su propia realidad y del contacto con la
realidad que le brindan sus regulares recorridas, Omar tiene claro cuán
dura esta la cosa.
"Se ven cosas tremendas. Daría para
escribir un montón, pero prefiero hacer mis rimas sobre temas agradables.
Si en algo puedo contribuir, que sea colaborando para que la gente que las
lea tenga las cosas lindas que tiene la vida. Una flor, un paisaje, una
sonrisa o un amor. Lo otro, todos lo sabemos de memoria. No hace falta que
encima yo se los recuerde", explica y, de paso, deja de regalo, unos
versos.
|